ADRIÀ PÉREZ “El juicio de París” (2026) Acrílico sobre tela. 130 x 195 cm.
La obra parte del juicio de la belleza y de cómo este determina hoy quién encaja y quién queda fuera de unos modelos y prototipos construidos e impuestos socialmente. Como referencia aparece el antiguo Juicio de Paris, cuando Hera, Atenea y Afrodita se disputaron la manzana dorada destinada a «la más bella». Tres diosas ante un mortal, y un mortal ante la difícil tarea de decidir entre ellas. La escena, tantas veces representada, gira aquí sobre su propio eje: Paris y Hermes quedan frente al espectador, que ocupa ahora el lugar de las diosas y se convierte en aquel que debe ser juzgado. Como ellas, deberá convencer a Paris de que merece ser elegido. Pero aquel juicio nunca fue inocente: cada diosa ofreció algo a cambio de ser escogida. La belleza aparece así como una contienda sometida a intereses y deseos, del mismo modo que los modelos que hoy determinan cómo nos mostramos y cómo somos observados. El antiguo juicio de Paris vuelve a suceder ante nosotros, con una pregunta que ahora recae sobre quien contempla la obra: ¿qué estamos dispuestos a hacer para ser considerados bellos?
Esta obra fue realizada durante el verano de 2026 en el marco de Altres Belleses, la primera edición del programa educativo de SANDIA para jóvenes de 18 a 25 años, desarrollado por Cordova en colaboración con el CCCB.
El programa proponía imaginar otras maneras de pensar, experimentar y habitar la belleza a través de la práctica artística, cuestionando los estándares de belleza tradicionales y normativos. A lo largo del proceso, las personas participantes trabajamos mediante sesiones formativas y talleres con artistas como ¥€$Si PERSE, Miriam TNTC (Jokkoo Collective), Toni Hervàs, Sgáire Wood, Megane Mercury y Cédric Fauq.
Como resultado de este proceso, desarrollé esta obra, que posteriormente formó parte de A GRAPES GENERO, una exposición colectiva presentada en el espacio Cordova, en el Raval de Barcelona, junto con las obras de Artur Acker, Mila Torres Bondarenko, Valle Cañabate, Darío Doña, Montserrat Dávila Gómez, Adrià Pérez Gutiérrez, Ione Hernández Sánchez, Marie Lanot, Amanda Lizano, Aitana Serrano y Marc Moyota Torres.
La exposición reunía prácticas y lenguajes diversos como la escultura, la instalación, la pintura, la performance, el collage y la escritura. Las obras surgían de un proceso de experimentación en torno a la belleza y, aunque partían de propuestas individuales, compartían diferentes ejes formales y conceptuales. Entre ellos aparecían el arquetipo del monstruo, las representaciones y deconstrucciones del cuerpo, la sensualidad, el retrato expandido y la figura del parásito, entendida tanto desde su dimensión destructiva como desde las relaciones de simbiosis que puede establecer dentro de un ecosistema.
En este contexto, mi obra se inscribe en un proceso de investigación artística nacido de un espacio colectivo de aprendizaje, experimentación y cuestionamiento de las formas normativas de representar y habitar el cuerpo y la belleza.
fotografía: Roberto Ruiz
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La idea de esta obra parte de algo comúnmente asociado a la belleza: su juicio. ¿Qué es bello y qué no lo es? Una pregunta que artistas y sociedad se han hecho durante miles de años. Pero actualmente la cuestión parece haber cambiado. Ya no se trata únicamente de decidir qué es bello, sino de determinar quién lo es y quién no.
Este cambio hace que constantemente intentemos encajar en unos prototipos y modelos que hemos construido y delimitado como perfectos. Una búsqueda de belleza cada vez más artificial, muy influida por las redes sociales y por imágenes que muestran modelos prácticamente inalcanzables. Buscamos agradar a una mirada social que, al mismo tiempo, también está condicionada por esos mismos modelos.
Cuando se habla del juicio de la belleza resulta inevitable acudir al conocido Juicio de Paris de la mitología grecorromana, una escena representada numerosas veces a lo largo de la historia del arte.
El mito comienza cuando Hera, Atenea y Afrodita se disputan una manzana dorada con una inscripción: «para la más bella». Paris, un joven pastor que se cree un simple mortal, es elegido para decidir cuál de las tres merece la manzana. Hermes es el encargado de explicarle su cometido.
Es este momento el que representa la obra. Paris se encuentra ante una decisión que no ha elegido y que puede tener consecuencias para él. Hermes, acostumbrado a las disputas entre los dioses, observa la escena con una actitud mucho más indiferente.
La obra parte de una representación tradicional del Juicio de Paris para darle una vuelta literal a la escena. Si habitualmente encontramos a Paris y Hermes frente a las tres diosas, aquí ambos se sitúan frente al espectador. Mediante esta rotación espacial, el espectador pasa a ocupar el lugar de las diosas y deja de ser un observador para convertirse en aquello que está siendo juzgado.
La pregunta cambia entonces de posición: ¿qué haría cada uno para convencer a Paris de que es bello?
Las diosas ya habían respondido a esta pregunta. Cada una ofreció a Paris algo a cambio de ser escogida. El juicio, por tanto, no fue objetivo, sino una contienda condicionada por intereses. Paris no decidió únicamente cuál era la más bella, sino qué quería recibir a cambio de su elección.
El espectador se encuentra ahora en ese mismo lugar. Sometido a una mirada que juzga y obligado a demostrar que merece ser elegido.
Esta situación conecta con la manera en que actualmente se construye la belleza. Los modelos a los que intentamos acercarnos tampoco son objetivos. Son construcciones sociales, culturales y económicas que establecen determinados ideales y que alimentan una búsqueda constante de aprobación y una sensación de insuficiencia.
El propio mito muestra hasta dónde puede llegar una decisión condicionada por estos intereses. Paris escoge a Afrodita, quien le ofrece el amor de Helena, considerada la mujer más bella del mundo. Helena estaba casada con Menelao, rey de Esparta, y su relación con Paris terminará desencadenando la Guerra de Troya.
Una decisión aparentemente sencilla, decidir quién es la más bella, acaba teniendo consecuencias mucho mayores.
El Juicio de Paris permite así trasladar una pregunta antigua a una situación contemporánea: no tanto qué es la belleza, sino quién tiene el poder de decidirla y qué estamos dispuestos a hacer para ser considerados bellos.