Dos urracas doradas enlazan un medallón central de inspiración laureada, en una composición que evoca los collares de oficio históricos y el lenguaje simbólico de la heráldica, estableciendo un diálogo entre la escultura clásica y la orfebrería ceremonial.
Como una urraca que recorre su entorno en busca de aquello que brilla, la joyería nace de una fascinación muy humana por encontrar, guardar y llevar con nosotros aquello que consideramos bello.
Llevar una joya es, en cierto modo, llevar el arte encima. Es una manera de adornarnos, de querer destacar, de expresarnos, pero también de conservar algo que tiene un significado propio. Una joya puede hablar de quiénes somos, de aquello que nos gusta o de aquello que queremos recordar.
Para mí, la joyería tiene también una dimensión profundamente familiar. Muchas piezas llegan a nosotros a través de otras personas: un anillo de una abuela, unos pendientes de una madre, una cadena que pasa de generación en generación. Su valor no reside únicamente en el material, sino en las historias, los vínculos y las personas que las acompañan.
Por eso entiendo la joyería también como una forma de memoria. Crear, transformar y reinterpretar una pieza es permitir que aquello que hemos heredado continúe formando parte de nosotros, pero desde nuestra propia mirada.
Algunas imágenes de esta sección han sido generadas con inteligencia artificial como recurso de presentación visual. El diseño y la concepción de las piezas son propios.
En el taller...